Diocesis de Santa Ana


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Americae Centralis
TRADUCCION DE LA BULA AMERICAE CENTRALIS DEL PAPA SAN PIO X
POR LA QUE SE ERIGE LA DIOCESIS DE SANTA ANA


Agapito Martínez, Protonotario Apostólico Ad Instar Participantium, certifica:

Que en el Archivo de la Curia Episcopal de la Diócesis de Santa Ana, se encuentra el siguiente documento auténtico cuyo tenor literal es el siguiente:

"Nos, Antonio Adolfo Pérez y Aguilar, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, recientemente nombrado Arzobispo de San Salvador. Atestamos haber recibido por el muy digno medio del Excmo. e Ilmo. Sr. Delegado Apostólico Dr. D. Juan Cagliero, Arzobispo titular de Scbaste y residente en San José de Costa Rica, el manuscrito original de la Venerable Bula que comienza Americae Centralis, expedida por su Santidad el Sr. Pío X, en San Pedro de Roma, el once de Febrero último, sobre Constitución de la Nueva Provincia Eclesiástica Salvadoreña. Este autorizado documento, cuya autenticidad igualmente atestamos, es del tenor siguiente:

Pío, Obispo Siervo de los Siervos de Dios, ad perpetuam rei memoriam.
Habiendo mejorado, por la Providencia de Dios Omnipotente, las condiciones de Centro América y constando que el número de fieles de aquellos lugares es cada día mayor, creemos necesario atender con mayores cuidados la vida espiritual de aquellos hijos. Tal cosa sucede especialmente en la República de El Salvador, donde la atención y solicitud de un solo Obispo no bastan para cuidar de las necesidades espirituales de esa gran nación; atención que se ve más dificultada por la extensión de su territorio y por las altas montañas que lo cruzan.

Impulsado consiguientemente por nuestro paternal amor, deseamos acudir a las necesidades de los fieles, especialmente del Estado Salvadoreño, y así complacer benignamente los ruegos del actual Obispo de El Salvador, como también los deseos del Reverendísimo Delegado en Centro América; consultados también nuestros Venerables Hermanos los Cardenales de la Santa Romana Iglesia encargados de los Asuntos Consistoriales, con la plena potestad apostólica, sobre entendido además el consentimiento de aquellos a quienes interese, establecemos perpetuamente cuanto sigue:

  • En primer lugar, desmembramos y eximimos la Diócesis sufragánea de San Salvador del derecho metropolitanico de la Arquidiócesis de Guatemala, y así la declaramos exenta. Establecido esto, dividimos todo el territorio que pertenece a la Diócesis de San Salvador y República del mismo nombre, en tres partes, de las cuales la parte central la circunscribimos y coartamos como la Diócesis de San Salvador, elevándola sin embargo a Arquidiócesis; en la parte Oriental fundamos de nuevo y constituimos la Diócesis de San Miguel: y por fin, en la Occidental, la Diócesis de Santa Ana. Estas tres Diócesis deseamos que tengan los límites que abajo describimos.


  • La Diócesis de San Salvador, elevada ahora al rango de Arquidiócesis, está limitada al Norte por la Diócesis de Comayagua, o sea la República de Honduras; al Oriente por el rio llamado Lempa, o sea por la nueva Diócesis de San Miguel; al Sur por el Océano Pacífico, y al Occidente por la nueva Diócesis de Santa Ana; comprendiendo siete departamentos llamados: San Vicente, Cabañas, La Paz, Cuscatlán, Chalatenango, San Salvador y La Libertad.


  • La Diócesis de San Miguel estará limitada al Norte por la Diócesis de Comayagua, o sea la República de Honduras; al Oriente, por la misma República de Honduras y el Golfo de Fonseca; al sur por el Océano Pacífico; y al Oeste por el Río Lempa, o sea por la Diócesis de San Salvador, de tal manera que comprenda cuatro departamentos que se llaman: San Miguel, La Unión, Morazán y Usulután.


  • Por fin, la Diócesis de Santa Ana queda limitada al Norte por la Diócesis de Comayagua, o República de Honduras; al Oriente, por la Diócesis de San Salvador; al Sur por el Océano Pacífico; y al Occidente por la Arquidiócesis de Guatemala; comprendiendo dentro de su ámbito los departamentos llamados: Santa Ana Ahuachapán y Sonsonate.


  • Establecemos además que las ciudades de San Miguel y de Santa Ana, siendo de mayor importancia y más grandes que las demás, y de cuyo nombre reciben el suyo las Diócesis, sean las residencias de los Obispos de San Miguel y de Santa Ana; y las iglesias parroquiales ahí existentes bajo esas advocaciones las elevamos al honor y grado de Catedrales perpetuamente; y a los Obispos les conferimos los mismos honores, insignias, favores, gracias, privilegios, derechos que las otras Catedrales y sus Obispos en América, por legitima costumbre o por el derecho común, gozan.


  • De la misma manera, a la persona que abajo nombramos, le damos la facultad para que edifique casas decentes para el Obispo de ambas Diócesis, San Miguel y Santa Ana, y para la residencia de las Curias Episcopales.


Por lo que se refiere al régimen y Administración de estas Diócesis de San Miguel y Santa Ana, al Capítulo de la Catedral, o al Concejo de Consultores, a la fundación y sustentación del Seminario Diocesano; a la potestad, autoridad, atribuciones, derechos, oficios, y cargos de los obispos; a la elección del Vicario Capitular o de los Administradores de las Diócesis, sede vacante; a los derechos y deberes de los clérigos y fieles, y otras cosas parecidas, mandamos que se guarde lo que al respecto determinan y prescriben los Sagrados Cánones, y en primer lugar el Concilio Tridentino, como también los Estatutos que están en el Concilio Plenario de América Latina.

Además, a fin de que los Obispos de las nuevas Diócesis de San Miguel y de Santa Ana puedan ver por el decoro de su dignidad, por la sustentación de los canónigos y clérigos y para otras necesidades diocesanas, Nos, para constituir la dote de esas Diócesis, asignamos y atribuimos la tasa llamada cuarta episcopal, el catedrático, como también los réditos todos, aún los suplementarios, que de cualquier manera lleguen a la mesa episcopal, de conformidad con lo prescrito por los sagrados Cánones y por los decretos del arriba mencionado Concilio Plenario Americano, como también los bienes que al presente pertenecen a los Santuarios de Jucuarán y San Antonio de Sonsonate, en sus Diócesis respectivas. Además esperamos que los fieles, en cuyo beneficio se erigieron las nuevas Diócesis, y la misma Autoridad Civil, favorezcan con su ayuda a los nuevos Obispos.

A la Diócesis de San Salvador, circunscrita por los límites arriba mencionados, eximida del derecho metropolitano de la Iglesia de Guatemala, Nos, con la misma Autoridad Apostólica, la elevamos, supliendo el consentimiento de los interesados, a la dignidad de Metropolitana perpetuamente, a una con su Capítulo de Canónigos que se denominará Metropolitano. Por lo cual a los Arzobispos, durante el tiempo que sean de San Salvador en la América Central, concedemos, después de la postulación que se debe hacer, según costumbre, en Consistorio, el uso del palio y de llevar la Cruz ante sí, según lo acostumbran los otros Arzobispos y lo prescriben los Cánones, pero dentro de los límites de su propia Arquidiócesis; como también todas las otras insignias, privilegios, honores y derechos que gozan, por fuerza de derecho común o legítima costumbre, las iglesias Arzobispales y sus Arzobispos.

Queremos también que nuestro Venerable Hermano Antonio Adolfo Pérez y Aguilar, quien rige y gobierna fructuosamente, desde hace veinte años, la Diócesis de San Salvador, por estas letras sea constituido Arzobispo de la misma, sin que necesite nuevas letras Apostólicas selladas.

Además, sujetamos como sufragáneas, a la Arquidiócesis de San Salvador y a su Arzobispo Metropolitano, las hace poco erigidas Diócesis de San Miguel y de Santa Ana y sus Prelados; reservada, sin embargo, a Nosotros y a la Sede Apostólica, la facultad de iniciar en la misma Provincia Eclesiástica una nueva desmembración o circunscripción, cuando en el Señor fuere visto que es conveniente.

Para atender mejor la recta administración de las nuevas Diócesis de San Miguel y de Santa Ana, mandamos que las actas, documentos y todos los títulos que atañen a las mismas Diócesis, y a su clérigos y fieles, se saquen del Archivo de la Arquidiócesis de San Salvador, lo más pronto posible, y se lleven al Archivo Eclesiástico de cada una de las nuevas Diócesis, y allí se conserven religiosamente.

Siendo que existe en Roma el Seminario Pío Latino Americano, en el cual los clérigos, como nuevos retoños, y bajo la mirada de los Romanos Pontífices crecen y se instruyen en los estudios filosóficos y teológicos, mandamos que, así como hacen otras Diócesis de la América Meridional y Central, de igual manera, de cada una de las Diócesis de la Provincia de San Salvador, sean enviados, sostenidos por ellas, lo más pronto posible y sin interrupción, por lo menos dos jóvenes escogidos entre los que sobresalgan en religión e ingenio, a fin de que más tarde puedan instruir a sus conciudadanos en la ciencia adquirida en ese centro de la verdad. Y para que esto sea más estable y se provea a la sustentación de estos clérigos y sostenimiento del mismo Colegio Pío Latino Americano, deseamos que en cada Diócesis y por sus propios Obispos, se procure reunir los bienes necesarios para que, de sus réditos, puedan ser sostenidos dos alumnos, o por lo menos uno.

Y queremos y acordamos que las presentes Letras y todo lo contenido en ellas, en ningún tiempo, por ningún motivo, defecto, causa aunque jurídica, legítima, piadosa y privilegiada, aún por aquello de que las causas que las originaron no hayan sido aducidas, efectuadas o justificadas; se puedan notar de vicio de subrepción, obrepción, o nulidad, o de fallo de Nuestra intención, o de algún otro defecto aunque substancial buscado o no, o adoleciendo de algún otro defecto de claridad aún si por alguna causa lo mandado anteriormente no se hubiese cumplido ni efectuado, o por algún otro motivo, color, pretexto u otra razón o causa tal que fueran necesarias declarar para su debida validez, no sean invalidadas, ni impugnadas, ni retractadas, ni puestas en controversia, como tampoco reducirlos a los términos de derecho, o invocar contra él o ellos el remedio de derecho, de hecho, gracia o justicia; ni tampoco a ninguno está permitido usar la ciencia ni la potestad, ni poder valerse en juicio o fuera de él, ni censurarlas, valiéndose de gracias semejantes o desemejantes, con revocaciones, suspensiones, limitaciones, derogaciones o con disposiciones contrarias contenidas en Constituciones Apostólicas ni otras Nuestras, o de la Cancillería Apostólica, etiam consistorialiter; tampoco tergiversarlas por cualquier causa con expresiones, formas y palabras (aunque en ellas se haga mención de cualquier parte y se dé un dato especial), sino aceptar cuanto de ellas emanare, conservarlas en su anterior estado, conservarlas íntegras, aun habiendo una concesión posterior, a fin de que puedan subsistir y obtener sus efectos, y así se acepten por todos y se cumplan firme e inviolablemente, en esta y no otra forma, por cualquier juez ordinario o delegado que goce de autoridad, o investido de dignidad aun siendo los auditores del Palacio Apostólico, los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, los Delegados Ad Latere o Subdelegados, los Nuncios de la Santa Sede, no poseyendo ellos la facultad y potestad de juzgar e interpretar, juzgar y definir, pues si tal cosa atentaren a sabiendas, todo será írrito e invalido, por carecer de la debida autoridad.

Para ejecutar fielmente todas estas cosas, nombramos a nuestro Venerable Hermano Juan Cagliero, Arzobispo Titular de Sebaste y Delegado Apostólico en Centro América, a quien además concedemos las necesarias y debidas facultades de delegar y subdelegar para su cumplimiento; al Arzobispo de San Salvador, o a cualquiera otro Dignatario Eclesiástico, como también hacer saber cualquier dificultad u oposición que se originare en la ejecución de lo mandado; con la obligación de enviar, en el término de seis meses, a la Sagrada Congregación Consistorial un ejemplar de lo actuado, para que se conserve en el archivo de la misma Congregación Apostólica, no obstante las reglas de - jure quaesito non tollendo - y del Concilio Lateranense que prohibe las desmembraciones perpetuas, a no ser las permitidas por el derecho, y en los demás sínodos provinciales, generales y en los concilios generales o universales anteriores y que puedan celebrarse, o en las especiales Constituciones, especiales o generales, como también en las Ordenaciones Apostólicas, aun privilegiadas; en los indultos y letras Apostólicas dirigidas a cualquier superior y a personas en general y en particular concedidas a otros en contrario aprobadas, confirmadas y renovadas a todos y a cada uno por derogación suficiente específica e individualmente expresada, no por cláusulas generales de igual importancia, cualquiera que sea la expresión o forma que se guarde y que sin omitir nada se observase en ellos la forma tradicional, puesto que tienen la expresión completa y suficiente (conteniendo toda su fuerza y vigor); solamente por esta vez, por propia determinación y conocimiento parigual a la plenitud de la potestad, derogamos esta serie de cosas sin que obste nada en contrario, para la completa y suficiente validez de lo anteriormente expuesto.

Queremos además que a los trasuntos de estas Letras, aunque impresos, pero firmados de puño de algún Notario Público y sellado con el sello de sujeto constituido en Dignidad Eclesiástica, se dé en todo la misma fe que se daría a las mismas presentes Letras si fuesen exhibidas o manifestadas.

No sea pues permitido a ningún hombre quebrantar esta página de Nuestra Desmembración, erección, institución, concesión, indulto, repartición, estatuto, sujeción, decreto, comisión, mandato, derogación y voluntad o temerariamente contrariarla. Y si alguno intentare osarlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios todopoderoso y en la de los Bienaventurados Pedro y Pablo sus Apóstoles.

Dado en Roma, en San Pedro, el año del Señor mil novecientos trece, décimo primer día del mes de Febrero, décimo de Nuestro Pontificado.
S.P.A. Agñiardi Cardenal de la Santa Iglesia Romana y Canciller. Julio Campori, Protonotario Apostólico. Paulo Pericoli, Administrador de los Estudios de la Cancillería Apostólica. Enviada el día veinte y cinco de Febrero, Año Décimo. Alfredo Marini, encargado de los sellos.

Es copia fiel y exacta del original a que nos referimos, tomada en Nuestro Palacio de San Salvador, firmada por Nos, sellada con el sello de nuestras armas y refrendada por el infrascrito notario de nuestra Curia Eclesiástica en seis de junio de mil novecientos trece, (f) Antonio Adolfo Arzobispo de San Salvador. = Por mandato de S. S. lima. Y Rma. Luis M. Argumedo Notario Eclesiástico. Rubricadas = ES CONFORME CON SU ORIGINAL. Y para los efectos legales se extiende la presente certificación a los diez y seis días del mes de Junio de mil novecientos sesenta y seis =Agapito Martínez Protonotario Apostólico ad. instar participantium.





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